lunes, agosto 14

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16 - 24 y 25 de septiembre más cartas a Cordelia.

jueves, agosto 3

03 de Agosto


Le escribí tres cartas, las imprimí y las dejé a un dentro de un cajón; me había pasado la noche escribiendo. Recostado en el sillón, tapado con el poncho gigante, con la mirada lejana en el techo, pensé en todo lo que había echo, hasta donde había llegado y todo por mi Cordelia. Unos ruidos de pasos y martillazos en el techo detuvieron mis pensamientos, salí preocupado hacia el jardín, me crucé con dos de mis cocineras. Una era pequeña, delgada y tenía el pelo muy corto y teñido de rubio con mechones negros. La segunda era también pequeña pero ancha, era más anciana que la otra y tenía un ojos piantao y pelo corto y también teñido de rubio. La señora delgada me comentó que estaban cambiando las tejas que se habían roto. Le pregunté cómo se habían roto y sorprendida tosió varias veces y mirándose con la del ojo piantao rieron burlonamente.
-¿Tanto tiempo pasó que ya no se acuerda que hizo esa semana, señor?-, preguntó simulando curiosidad. Como no respondía, la cocinera de más edad dijo, -Llovieron granizos del tamaño de una pelota de tenis en todos Buenos Aires. Quizás usted durmió profundamente señor-, terminó diciendo y entre las dos rieron y a mí me parecieron como cotorras chillando y pariendo un huevo. Me marché sin entender nada y sin recordar nada.
Hoy tendría que estar comprometido, dije enojado y casi a los alaridos. Roxana me esperaba vestida con una bata transparente en mi cuarto, indignado le grité que ninguna empleada mía iba a andar desnuda por la casa, como una gallina en celo. Estaba muy con metáforas de animales, pensé riendo, pero rogué que no hubiera echo por fuera. Roxana comenzó a llorar y quiso salir corriendo, pero la detuve. La tomé entre mis brazos, la besé en la frente y le pedí perdón. –Estoy en un mal día-, le susurré suavemente. Fue después de que le preguntara qué podía hacer para enmendar que me abrazó, me besó el cuello, lo la mejilla y finamente la boca. La dejé un segundo para cerrar la puerta, se recostó en la cama. Mientras me le acercaba, la imagen de mi Cordelia apareció en mi cabeza, su nombre salió de mi boca pero Roxana no llegó a escuchar.

Estaba visiblemente agotado, sosegado por las virtuosas manos de tal dichosa jovencita. Ella dormía, yo a pesar de las pocas horas de sueños no podía hacerlo. Le envié un mensaje de texto a Cordelia. No respondió. Quería verla y así se lo hice saber. Me fui a mi salón para escribir, me conecté a internet y me encontré que las dos Marías y Anette me habían enviado mails. Las tres estaban indignadas pero sorprendidas y complacidas, aún así emocionada decía una de ellas, de que en realidad no fuera un primo o amigo. Serias las tres decían que me había comportado mal, pero que si quería un momento para charlar, un hombro para llorar mis penas por el amor no correspondido de Cordelia que las llame con urgencia que ellas estaban a mi disposición. Sonreí y divertido me puse a escribir.

La tarde se hizo noche y el jueves, aunque algo fresco afuera lo pude llevar con agrado. Pensé en Roxana y si ella entendía que no había nada más que una cama en común, pensé en la Marías en su insistencia y en como Anette sobresaltaba que la había vuelto a sentir joven. Tan solo tiene treinta y siete años y sufre por la edad, como si tuviera cincuenta; -lo que puede la soledad- escribí.

No sabía dónde estaba o qué estaba haciendo Cordelia, mi Cordelia, pero cortaba cuando la llamaba, no respondía a los mensajes y cuando llamaba y hablaba con la tía Anette, esta me decía que quería verme, que me olvidara de una chiquilla malcriada.
Las cosas habían cambiado, no sabía ya quien era ni cómo me veían. Seguramente yo tenía otra mirada distinta sobre ellas, sobre las Marías y sobre la tía. Nada era como antes y esa barrera se había roto una vez que me había acostado con cada una de ellas. Era inocente todavía con el corazón o un idiota, pensé. Inspirado y enamorado, le escribí dos cartas más a Cordelia, en cuanto pudiera iba a enviarlas a todas por correo. Ya no podía suponer, escribir sobre más supuestos o pensar en supuestos. Me sentía abatido, destrozado. El corazón gritaba una cosa, la cabeza otra y mi instinto animal otra. Roxana me llamó dulce por el teléfono de la habitación, me obligaba a volver. Aún tenía impregnado su olor en mi cuerpo. Ella tendría que darse cuenta que no es nada para mí, más que una placer de momento. Pero debería encontrar el momento de hacérselo saber o el momento de que alguien se lo comunicara. Llamé una vez más al celular de Cordelia, me emocioné un momento porque atendió, pero enseguida cortó. Le envié un mensaje, el cuarto, no lo respondió. Encendí mi pipa y salí un rato al jardín. Hacía frío. Le di varias pitadas y siendo ya casi las doce de la noche, volví con Roxana. Allí no encontraba a quien buscaba, pero sí lo que necesitaba.

miércoles, agosto 2

2 de Agosto


Estaba decidido. Iría a hablar con Cordelia. Me acosté el martes cansado y sucio, muy sucio. Aún así estaba alegre. La naturaleza del hombre es lo más innegable. El instinto que los psicólogos niegan en llamar instinto, me dominó los últimos días en busca de placer, sólo placer. Aún así, en cada rostro, en cada mirada, gesto, sonrisa, pensamiento, estaba ella y sólo ella. Recordé como me enojé con una de las Marías cuando la llevaba de regreso a su casa que no podía dejar de hablarme de Cordelia, ya bastante tenía con que algunos gestos me la recordaran como para mortificarme con sus historias. Recuerdo haberle gritado. No dijo nada.

Me sumergí hacia lo más profundo del abismo para buscarla, a pesar de que era
peligroso, decidí saltar. Me encontré el miércoles a las 6 de la mañana en su puerta, como tantas otras veces, sentado en la parte de atrás de mi auto escondido detrás de los polarizados. Mi chofer no decía palabra, sólo se escuchaba el sonido del mate. La vi salir a mi Cordelia hacia una entrevista nueva de trabajo, así me lo había contado María. Eran las nueve y media de la mañana. Tenía hambre y estaba agotado. Mi chofer sin que mediara orden alguna comenzó a seguirla muy de lejos. Cordelia tomó un taxi. Llegando a Córdoba y Paraguay, quizás sin querer o a propósito, mi chofer chocó al taxi por detrás. El chofer indignado salió apresurado a pelearse, pero se detuvo cuando vio quien conducía lo superaba en estatura y peso.
Coredelia reconoció el auto y se bajó, golpeó el vidrio donde yo estaba y lo bajé, le pregunté si quería que la lleve. –Chocaron el auto a propósito-, preguntó seria. -Para nada-, dije con una sonrisa. Cordelia se subió al auto y luego de que arreglaran trámites de seguro, obligándome a pagar por cualquier daño ocasionado, nos marchamos. Me dijo que tenía una entrevista de trabajo y estaba feliz por ello. Sin que terminara de contarme le dije que estaba enamorado de ella y que desde siempre lo había estado. -¿Desde siempre?-, preguntó sorprendida. Ya casi no dudaba de que no fuera el primo o amigo o algo de su ya conocido ogro con joroba, pero igual presentí que quería escucharlo por mí. –Yo soy-, dije inocente. Dejó de mirarme, miró hacia delante y levantó la voz para que el chofer se detuviera, salió corriendo del auto dando un fuerte golpe a la puerta. Caminó unos metros y se pedió entre la gente. Creo que luego ingresó a un edificio, no lo sé. No fuimos alejando lentamente, bocinazos de autos y colectivos sonaron por la mala maniobra de detención, gritos de insulto llegaron de un ciclista a quien casi pisamos. Regresé a casa y allí me senté a escribir. Mis dedos se sienten solos, pues son ellos quienes se aventuran a escribirle una carta de amor, mi corazón no tiene fuerzas para dictarle.

lunes, julio 31

31 de Julio


La semana había sido a puro entrenamiento con Roxana. No hubo nada más que intentar o experimentar. Cuando se marchó, diciendo que debía atender unos asuntos, me sentí libre. Era otro, mucho más que otro. Era miles en uno.
Escribí una carta de amor, expresé todo mi amor hacia mi Cordelia pero no puse que era para ella, se la enviaba a otra mujer, una desconocida a quien no le quise inventarle nombre. La anónima debía ser fuente de celo para todas las mujeres venideras, morirían por saber quien era y la envidia las comería poco a poco por no ser ellas las elegidas. La Anónima no existía, pero en mi carta se sentía que respiraba, sudaba y cantaba felizmente en un casano escondida de Buenos Aires. La Anónima no me amaba, no me quería; había rechazado varias veces mis proposiciones y por eso yo le escribía por última vez, rogándole, suplicándole que su belleza tenga piedad de mi sufrimiento.
Al llegar a lo de la tía Annette, sabiendo que las Marías y mi Cordelia allí me esperaban, encendí mi pipa y caminé con la carta en el bolsillo palpándola de vez en cuando para asegurarme que allí estaba. Las cuatros mujeres, al abrir la puerta quedaron mudas, las había sorprendido mi nueva apariencia. Ya me habían visto, me conocían nuevo, pero no tan de cerca. Sudaron, se enamoraron y se indignaron por la insensatez de la Anónima pues no podían creer que no sintiera nada por mí. Aunque ellas pensaban que no era yo, sino el primo Eduardo. Rico comerciante de Córdoba que había venido a visitar a su familia y pasear por la Capital. Les seguí el juego, claro que lo hice, si ya no era más una persona, siquiera un hombre, al quien sólo conocían por sus charlas, sus consejos y su agradable compañía. Casi sin decir palabra, ingresé con una confianza que aún no me habían dado, pero que ya tenía y sin querer abusé al punto de casi descubrir mi verdadero yo. Fue mi Cordelia quien tuvo la primera expresión, -“...hay algo en tu mirada que me es muy familiar”-, dijo seria. Pero las Marías la callaron y comenzaron a reír a mi lado como hienas en celo.
Claro, eso no era todo para quien apenas nacía. Ingresé pidiendo un consejo, presentándome rápidamente como primo de... y ellas así lo creyeron. Mostré la carta y les pregunté qué les parecía. Una a una fueron suspirando a medida que la leían, Anette se me acercó y me abrazó, las dos Marías la imitaron. Mi Cordelia suspiraba también, pero con recelo me miraba de lejos. No la invité siquiera con la mirada, ella no comprendió porqué la esquivaba.
Rápida, una de las Marías me invitó a tomar algo, la tía Anette y la otra María se quedaron sin palabras, mi Cordelia siquiera prestó atención, ahora hacía el mismo juego. Me excusé con quien me había invitado, pero alegué que le debía una salida a la tía Anette. Esta abrió los ojos gigantes y sonriendo me tomó del brazo, empujó a su sobrina quien hubiera caído al suelo a no ser por una silla que la detuvo, quedando torpemente tambaleándose. Ninguna la ayuda a reincorporarse. Mi Cordelia se marchó de la cocina y no volví a verla. Las dos Marías me hicieron prometerles que las llevaría una noche a comer mientras la tía Anette, corría a vestirse con sus ropajes burlescos para tomar un copetín en algún lugar de Puerto Madero.
Todo seguía su curso, jamás tan cerca y al mismo tiempo tan lejos de mi Cordelia. Tenía ganas de disfrutar, de vivir, de aventurarme a la carne que se asaba tierna en la parrilla. Recién comenzaban a arder las primeras brazas.

domingo, julio 23

23 de Julio
Era la misma hora de siempre cuando sonó el despertador y mi sirvienta me trajo las pastillas para los dolores de espalda, calmante para el brazo, sedantes para las piernas y cremas para el brazo inválido. Prendió la luz, me despertó pues no había escuchado el despertador y posó la bandeja sobre el borde de la cama.

Roxana es una mujer bella, simpática y muy amable. Me molesta mucho llamarla o apodarla “sirvienta”, “empleada” o “personal doméstico”. Esos horribles títulos siempre me exasperaron. Con ella tengo un trato muy especial, muy personal. Es más una amiga que una persona que trabaja para mi e incluso la considero y, se lo he dicho, como familia. Roxana estuvo casada cinco años con un hombre que sólo conoció por internet, tres meses después de comunicarse por programas de tecleado directo, se conocieron personalmente y salieron juntos un mes. Tiempo después él se marchó a vivir a España y la convenció de que ella lo acompañara. Le envió un pasaje y Roxana viajó con sólo veinte años hacia un desconocido barrio madrileño. Desde un primer momento ella sintió que no todo iba bien, algo fallaba, pero aún así persistió en la relación. Puso su esfuerzo, sus ganas y todo su vida en un hombre del que poco sabía. Año después de vivir juntos, una noche de mucho frío, él llegó borracho y comenzó a insultarla. Nunca llegó a pegarle, pero a partir de ese entonces, sin motivo aparente, sobrio o borracho faltaba oportunidad de denigrarla verbalmente. Roxana regresó a la Argentina. Meses más tarde, él comenzó a buscarla nuevamente, la llamaba, le escribía cartas, le prometía que cambiaría, le comentó de un curso para contener la violencia, otro adicciones y le mostró un futuro divino y mágico del que ella se sintió parte. La joven, hija única y mujer de pocos noviazgos, marchó de regreso a España.
La tranquilidad en la convivencia duró poco, tan sólo veinte días después de llegar, durante la tarde él llegó borracho y quiso abusarla; unos vecinos corrieron en su ayuda y lo golpearon hasta dejarlo moribundo. Por lástima, se quedó a cuidarlo en el hospital hasta que las heridas sanaron. Él le volvió a prometer un cambio y así fue durante dos años. En ese período de casaron, se mudaron un departamento más chico pero mejor ubicado y hablaron de hijos y posibilidades de viajes por Europa como luna de miel. La verdad fue que debieron seguir trabajando, ella en una fábrica de almohadas y él en un locutorio. La tranquilidad en la relación duró un largo tiempo debido a que poco se cruzaban y cuando lo hacían estaban muy cansados los dos como para discutir. Una mañana, mientras Roxana se cambiaba para irse a trabajar y él se quedaba en la cama porque tenía franco, sin querer la joven tiró del baño un caro perfume que tiempo atrás para un cumpleaños su nuevo esposo le había regalado. Enfadado, colérico, abstraído, inhumano, se levantó y comenzó a romper todo mientras la insultaba diciéndole que era torpe y holgazana, que su comida era un asco, que todo lo que hacía la repugnaba, que ella ya no le excitaba y que detestaba su presencia. Como pudo Roxana salió y se marchó a vivir a la casa de una compañera de trabajo, cuando consiguió la plata compró el pasaje y sin avisar a nadie regresó a Buenos Aires.

Yo la conocí pues se sentó a mi lado en el avión de regreso. Cada tanto, para distraerme y conocer gente tomo un avión en clase turista si se da la oportunidad converso con algunos pasajeros. Ella se sentó en el asiento 31, yo estaba junto a la ventanilla. Al verla llorar, nerviosa y molesta por todo, le cedí mi asiento alegando que tendría que levantarme muy seguido y debido a mi detestable movilidad, la entorpecería una y otra vez. Accedió y poco más animada conversó sobre su ansia de volver y de todo lo que extrañaba. No dijo una sola palabra de porqué lloraba y tampoco me pareció preguntar. Sonrió cuando le dije que España no se desasía de una inmigrante ilegal, sino que Argentina recuperaba prestigio femenino.
En ese entonces tenía el rostro más caído y estaba más obeso, pero no le importó eso a ella, quien me vio como un amigo al instante. No volví a verla por unos tres meses y fue de casualidad que al cruzarla mientras caminaba por Florida que se me acercó a saludarme y me invitó a tomar un café. Me contó que andaba buscando trabajo ya que quería comenzar a estudiar alguna carrera. Fue en ese instante que le propuse trabajar ayudándome en los quehaceres de la casa, le comenté que lo único malo era que debería vivir allí y que tenía que usar uniforme. Estalló de felicidad y desde ese entonces, esto hace más de cuatro años vive en una casa anexada a la mía y trabaja como parte de la servidumbre. Es con quien más converso y sabe mis más íntimos pensamientos sobre Cordelia. Muchas veces creo que Roxana le tiene un poco de envidia por comentarios que hace, incluso me da la sensación de que por momentos añora nuestros desayunos en el jardín de invierno ubicado en el centro de la casa o de las salidas al teatro los fines de semana. Me lastima y siempre se lo digo, que una mujer tan bella no pueda conocer un joven que la enamore. Pero sé del feo trauma que aún tiene en su corazón y su cabeza por los sufrido esos años en España.
Lo que no estaba enterada Roxana, fue que mi viaje se debió no para negocios sino por la operación. Ya no necesitaba todas esas pastillas, ninguna de ellas. Siquiera las cremas. Estaba aún acurrucado en la cama cuando Roxana vino y me movió varias veces para despertarme. Todavía no me acostumbraba a mi nueva estatura, mi nuevo porte, mi nueva imagen, a nada. Cuando me levanté, la joven se quedó mirándome anonadada como me estiraba y parado llegaba a medir uno ochenta. Ahora la sobrepasaba completamente. Me reconoció enseguida por un tatuaje que ella me obligó a hacerme en brazo antes inválido, y porque según me contó luego, mantenía la misma alegre sonrisa de siempre.
Conversamos largas horas y un efecto extraño le produjo mi imagen que no me dejaba marcharme. Estaba flaco y con evidente falta de color en la piel. Me insistía para que nos hagamos una escapada hacia algún lugar con playa para tomar sol, pero en ese momento, como todos los anteriores pensaba sólo en mi Cordelia.

Roxana esa mañana estaba distinta, nerviosa, excitada y torpe. Olvidaba las cosas, se le caían, preparó el desayuno tres veces, ordenó el jardín de invierno de cinco maneras distintas antes de dejarlo listo para desayunar. Cambió las sabanas de la cama y luego las volvió a cambiar por las que estaban sucias. Se me acercaba, me miraba fijo, me hablaba entrecortada; no llegaba a entenderle nada. asustado me escondí en mi salón y me dediqué a escribir. Pensé mucho en ella esta mañana por eso le dediqué largos párrafos.
Temo que se esté entusiasmando con mi nueva figura, quizás tendré que hablarlo pues no me gustaría verla sufrir otra vez y menos por mí.

Sentí la puerta varias veces y supe que era Roxana, me trajo un té y galletitas dulces. Miré la hora y me sorprendió que eran pasadas las seis de la tarde. No respondí a la puerta pero sí tomé la bandeja cuando ella se fue. Hasta ahora y eso ella lo sabía, no había ningún cambio anormal en mi comportamiento. Alegre pero distante, cordial pero no demasiado, amistoso pero no apegado.

Cordelia llamó por teléfono a las ocho de la noche, me contaba que había visto mi auto por el barrio pero con un hombre diferente viajando en él. Me dijo que le pareció muy guapo y nerviosa y tartamudeando me preguntó si se lo podía presentar. Me sentí raro al decirle que sí, que haría lo posible por presentarle a mi primo. Emocionada gritó por el teléfono aturdiéndome, de fondo se escucharon a las Marías también gritar emocionadas.

Me quedé pensativo, intentando reconstruir el día y los efectos de mi nueva imagen. Un hilo malvado comenzó a tejer una telaraña de ideas en mi cabeza construyendo un red lo suficientemente grande para atraer la mayor cantidad de moscas. Me sentí misógino como así me habían descripto alguna vez y me negué a aceptarlo. Me sentí voraz y excitado como un animal. Me sentí un niño pequeño, feliz por descubrir algo nuevo para cometer una maldad. Estaba comenzando a poseerme. Un rompecabezas infinito se unía solo y la imagen que se formaba me comenzaba a embelezar. Ya no pensaba en Cordelia, recordé por algún motivo a la solterona tía Anette, que bien parecida era. Recordé a las Marías y su vida libertina, luego imágenes de Roxana y varias mujeres que alguna vez había conocido y se sentían atraídas por mis conversaciones aparecieron unas tras otra en un segundo. Miré la agenda telefónica y cuando la estaba por tomar escuché la puerta. Roxana me llamaba preguntando si necesitaba algo. Sonreí endemoniado, preso de una idea que golpeó mi cabeza y dejó una herida abierta que no dolía, sino que me poseía y me hacía más fuerte. Abrí la puerta de un golpe y la encontré a Roxana sin uniforme, vestía con ropa elegante. Nos miramos largos segundos, ninguno de los dos dijo nada; sólo respirábamos. En ese instante Roxana dejó de ser metafórica y simbólica familia.

La tomé del brazo, luego con la otra mano le rodee la cintura y la acerqué hacia mi. -¡¡Finalmente!!-, grité para mis adentros, -¡¡siento el contacto de unos suaves labios!!-.

Durante el resto del día me olvidé del mundo. En algún momento despertaré y será otro día.

lunes, julio 3

3 de Julio

El tiempo es el único factor incriminante en mi vida, nada de lo que haga o termine haciendo puede llegar a tener un sentido concreto si no es para y por mi Cordelia. La decisiones tomadas en los últimos meses no alentaron más que a cambios concretos que en otra ocasión no hubiera tenido la fuerza para realizar. La franca necesidad de un amor y el encontrarlo en tan bella mujer, renovaron con inquisidora alegría una vida vacía y oscura.
Sabiéndome solitario me encaminé hacia la única dirección que el destino me había llevado, el largo adiós a un cuerpo horroroso trajeron una sensación de nostalgia. No sé por qué, quizás porque ya me había acostumbrado a él, pero aún así deseaba el cambio.
Por un momento se me ocurrió conseguirle una pareja a mi Cordelia, que la cuide pero que no la enamore. Confiarle un especie de guardaespaldas que a la vez me informara qué iba sucediendo en los días de mi ausencia. A ella y a la tía le comenté que me iba de viaje de negocios, me ausentaba para expandir mis mercados al mundo europeo.
Cordelia me regaló una cadenita de plata con una medallita de la Virgen de Luján. La conservé aún durante la operación.

La operación no fue fácil según los médicos, y tuvo más de experimento que otra cosa. Quitaron mi joroba, acomodaron y corrigieron mis huesos, para que no tenga más una inclinación hacia el costado. Dieron vida a mi brazo inmóvil y me recomendaron largos años de terapia para los músculos.

Desperté el domingo dos julio, Francia entera festejaba la llegada a la semifinal del Mundial de Alemania. Le ganaron a Brasil por uno a cero y Zidane había jugado uno de sus mejores partidos. Festejé con más énfasis la caída de Inglaterra, hasta que me contaron que también la Argentina había caído en octavos con el local. Nada quitó mi alegría de saberme distinto, de la imagen que tendría mi Cordelia al verme distinto.

Poco a poco, tiene que creer que aún en lo común puede esconderse lo sorprendente. Es la regla de todo lo atrayente. Pero me da miedo porque voy a ser más sorprendente que común, una vez que salga de aquí, que recobre mis fuerzas, que pueda caminar por las calles Buenos Aires. La calle Florida me extraña y qué decir de Pizza Ugis, ahí en Pelegrini, ya me preparan una pizza entera cuando me ven llegar. El invierno debe estar en su apogeo, pero triste imagino una Argentina repleta de frases, de análisis, de deducciones, de posibilidades, de especulaciones con respecto al mundial. –Es increíble como decae el ánimo en masa por un partido-; bellísimo como cuando gana un simple partido. Como extraño mi país, mis lugares, mi mapa, mi clima, mis paisajes, mis... mentira, extraño a mi Cordelia. Sólo a mi niña de colores, con su sonrisa amplia y su alegría que contagia. A mi musa, a vos.
El médico me dice que pronto saldré, pero que tendré que andar unos días con silla de ruedas. Mando a mis sirvientes a comprar una, mientras termino estas líneas. Pienso. Me detengo. Me pregunto. Sueño. Me emociono. Sonrío solo. Me entristezco. Me alegro... todo el tiempo me alegro al recodarla. –¿Cómo puede una simple alma ser herramienta de tanto cambio?-.

martes, junio 6

7 de Junio - Miércoles


Del aeropuerto de Francia me llevaron directo al hospital, no tuve que esperar mucho ya que mi chofer, y el resto de mis sirvientes habían llegado mucho antes. Recostado aún sosteniendo la computadora, escribí las últimas frases que recordé de un viejo libro antes de que me sedaran.

Por lo general, las mujeres se burlan de los tímidos, pero los aman en secreto.

Tengo ganas de tomarle la mano y de abrazar a mi amada muchacha para que nadie se la lleve.

Cordelia tiene una femineidad pura y exigente, como para que todos la pretenda, y no puede dejar de parecerle irritante mi forma de actuar.

Ella tiene una fuerza rejuvenecedora que no poseen las brisas mañaneras, ni los vientos, ni las olas del mar, ni el vino ardiente.

Cuando hay noches en que necesito expresar mi amor, me visto y voy hasta su casa. Vago como un duende bajo su ventana, ella está ahí y es observada por la persona de quien menos creería que pudiera hacerlo. Allí olvido todo: planes, ataques, conjeturas; dejo la razón y tengo suspiros incontenibles al sufrir angustiosamente, abatido por el esquema de mi vida.

La posesión de Cordelia no tiene que aparecer como algo que pese sobre mí como una carga.
A mi mujer yo debo sentirla liviana al sostenerla en los brazos.
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Lunes
5 de Junio

Era el primer día de encierro dentro de mi avión privado, viajé solo, sin compañía de sirvientes. Ellos viajarían en vuelo regular, primera clase, pero no conmigo. Necesita soledad, amplia soledad. El paso era grande, la vida también lo era, pero tan pequeña cuando el techo de casa se derrumba y no hay nadie con lo ayude a sostenerlo.
Me habían dado las primeras imágenes de cómo sería después de la operación, había mucho que corregir, mucho que retocar, nada imposible.Me alegré de saber que sería distinto, sería para ella distinto. Me enamoré de mi propio rostro, mi nuevo rostro y mi nuevo porte; que aún no eran míos. Decidí dormir y para ello tomé unas pastillas, estaba demasiado emocionado y no lograba cerrar un ojo. Mi último recuero fue la imagen de Cordelia abrazando y besando al nuevo Yo.